La polémica despertada por Jenna Talackova, mujer transexual, al intentar competir en un concurso de belleza femenina pone de manifiesto cuanto poder tiene la definición del género en nuestra civilización. Utilizo el concepto civilización con propósito porque la prevalencia del género en la definición de lo que somos va más allá de países, culturas y sociedades

(para una explicación de la diferencia entre sexo y género oprima aquí).

A nivel mundial se libera una batalla cultural centrada en si las personas LGBTT tienen derecho de existir como tal. Esa batalla trasciende países y culturas, por tanto es un dilema de nuestra civilización, de nuestra era. Nada garantiza que solucionemos la misma de forma positiva y que ganemos como civilización moviéndonos a nuevas definiciones de lo que somos y de lo que podemos ser. En momentos anteriores de la historia de la humanidad ha ganado la barbarie, por eso me gusta tanto la frase de Michael Foucault, “…el otro también se mueve”.
A finales del siglo 19, Rainer Maria Rilke, poeta, desarrolla una conversación por cartas con Franz Xaver Kappus, joven poeta. Este intercambio se documenta en el libro Cartas a un Joven Poeta. En una de sus cartas Rilke le comenta a Kappus que en el futuro hombre y mujer se encontrarían como lo que son, seres humanos con trajes de carne diferentes. Encantadora imagen pero al parecer el género, ligado a intereses políticos y económicos, ha prevalecido como discurso definitorio de lo que somos.
Los discursos de poder asociados al género ha posibilitado la dominación del género-hombre como hacedor de la historia, la dominación del hombre sobre la mujer, y ahora la negación de todo derecho, inclusive el de existir, de las personas LGBTT. El discurso del género ha prevalecido aún por sobre la definición como humanos púes se asume que, aunque ambos humanos, hombre y mujer son realmente diferentes.
Sin embargo las diferencias entre hombre y mujer, y consecuente dominación del hombre sobre la especie es explicada desde perspectivas históricas sociales por Alexandra Kollontai, política, feminista y defensora de los derechos de la mujer, Rusa de nacimiento. En su libro, La Mujer en el Desarrollo Social, explica que el puesto de la mujer estuvo siempre ligado a su papel en el proceso de producción. La función de la mujer como madre limitó su aportación en los tiempos de tribus que vivían de la caza, pues limitaba su movilidad y agilidad en los periodos avanzados del embarazo. De igual al tenerse que ocupar de la atención de los niños en los primeros años le permitió al hombre asumir mayor importancia al convertirse en el proveedor principal de bienes a las tribus. La consecuente diferenciación en la constitución física de los cuerpos se fue desarrollando en el proceso de asignarle a la mujer el papel de reproductora como función principal.
En la actualidad el poder del género se defiende con violencia y quien lo reta puede pagar inclusive con su vida. En países de África se condena a muerte a personas LGBTT de forma oficial, y en otros países del mundo, inclusive E. U., se puede de igual manera pagar el reto con la vida de manera no oficial. Mattew Shepar fue solo uno de muchas personas LGBTT que han perdido su vida en múltiples países por simplemente ser lo que son. Peor aún, hay personas que lo justifican.
Políticos conservadores, religiosos, algunos profesionales de ayuda, jóvenes ansiosos entienden que quien rete la definición del género necesita reparación y en peor de los casos castigo. De modo tal no nos engañemos, la resistencia u hostilidad contra las expresiones LGBTT no se fundan en fe, en creencias religiosas o en defensa de la cultura y tradiciones; lo que subyace a las mismas en su fibra definitoria es el poder. Es un discurso dominante hilvanado con el poder político y económico que se resiste a ceder su poder y lugar en la historia.
Por: Dr. Rafael Monserrate
Psicólogo



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