PLANETA LESBOS
Por: Yolanda Arroyo Pizarro


Viajé hace poco a Universal Island of Adventure, que no es lo mismo que viajar a Orlando, o a Florida, ni a International Drive, mucho menos a Kissimee.  Viajé a ese otro mundo en donde se vuela con Harry Potter, y con Spiderman y por qué no, en el Roller Coaster de Hulk. Un país en donde se gastan desahuciadamente los pocos ahorros que puedan quedarnos a pesar de la crisis y de la posibilidad inminente de quedarnos sin empleo al regreso.  Todo eso se desvanece para bien, frente a la esperanza del encuentro con la hija que una parió hace catorce años, que estudia fuera del país (Texas) y que todavía hace dibujos de crayolas en la parte de atrás del menú de niños y me los dedica.

Vi mujeres besando a mujeres en la boca, a hombres besando a hombres en la boca. En el aeropuerto, en el car rental, en la calle, en los restaurantes, en los baños, en el hotel, en las atracciones. Y nadie se alteró, y nadie se escandalizó. No hubo desmayos ni suicidios en masa. Viajé a que mi pareja y yo nos encontráramos con nuestra hija del alma, y de paso, a que la vida me hiciera experimentar nuevas emociones…

Viajé a enseñar el truco de los tampones a mi hija, ante la pregunta inocente de desparrame menstrual heredado (lamentablemente y al igual que yo tiene muchas nalgas; lamentablemente y al igual que yo se le crea una cuenca hueca en medio del nié que hace el efecto desparramatorio sangrante más pronunciado, por lo que es mejor el tampón a la toalla sanitaria).

Viajé a enterarme que la mejor amiga de mi hija, a sus trece años, ya se identifica como lesbiana y que tiene novia formal en otro grado de la misma escuela. Me contó mi hija que los padres de una y otra, las apoyan, les permiten visitarse, ir al cine y quererse sin ningún exagerado soponcio prejuiciado.  Me contó que en la escuela ellas dos se toman de la mano y mi hija, casi la Cupido, casi la Celestina, “la que las acomodó”, cumple a cabalidad su papel de mejor amiga de la una, y de consejera “cuida-bien-a-mi-amiga-si-no-te-las-verás-conmigo” de la otra.

Pienso en lo maravilloso que sería si a nuestros hijos e hijas pudiéramos aceptarlos de ese modo tan precioso, ser padres y madres con tanta apertura.  Sería estupendo poder aconsejarles, escucharles, comentarles sobre sus amores primerizos, si esos amores primerizos involucran a alguien del mismo sexo.  Imaginemos que una niña de doce llega a la casa y dice: Mamá, me gusta una nena en mi escuela, me quiero casar con ella cuando sea grande… ¿Qué le decimos?

Viajé a que mi mujer Zulma y yo, junto a nuestra hija borealina, confraternizáramos, nos amáramos, nos peleáramos por quién decidía el menú en Bubba Gump Shrimp, asistiéramos a un show de magia, nos acostáramos desfallecidas del cansancio por estar doce horas en ese otro país que es Universal Island of Adventure de pie, o caminando, o lanzándonos de la atracción de Popeye, o la de los Dragones. Viajé a dejar libros de autores boreales en manos de lectores agradecidos. Viajé a coordinar un nuevo viaje a final de mes, esta vez para Nueva York. Viajé a que la vida me recordara que soy gente, que soy nena, que soy negra, que soy madre confabuladora, que soy lesbiana, que soy curiosa, fantasiosa, juegajuegos.  Viajé a crecer, a entender, a entenderme. Viajé a volar.  Y volé con las seres humanas que más amo. Con mi marida y mi hija.  Viajé a llorar. Qué más se puede pedir a la vida….

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