VOTA POR MI

Por: Enrique Márquez Ocasio
Este próximo domingo, 18 de marzo de 2012 se llevará a cabo en algunos distritos electorales las primarias electorales.

Este consiste en que las personas afiliadas a los partidos políticos del país, hacen un escogido de las personas que quieren figuren en las papeletas de su partido en las Elecciones Generales de noviembre de 2012.

La naturaleza de algunos hombres, especialmente los que se han entregado a la tarea política, propende a la corrupción. Basta con el hecho de que el poder los roce o que las elecciones los santifiquen para que sus ideas, intenciones y deseos, se conviertan en materia, en la seca y mísera materia con que se destruyen todas las ilusiones.
El pueblo parece haberse acostumbrado al diario saqueo al que es sometido por unos políticos rapaces que conciben su actividad como la de un depredador siempre dispuesto a exprimir, hasta la última gota, la sangre de sus presas.
Mas, a pesar de que la actividad política parece atraer a toda una larga lista de rufianes, a pesar de que la corrupción produce repugnancia en la conciencia de cualquier persona honrada y marchita a diario la raíz de todo estado de derecho, hay algo que me parece todavía más grave, más decisivo, que demuestra casi definitivamente el curso final de la historia de una sociedad.
No es fácil definirlo con una sola palabra ni precisarlo con una frase sencilla y certera. Los síntomas son varios y, con demasiada frecuencia, se camuflan con los que producen otras enfermedades de origen político: desencanto, resignación, pesimismo… El pueblo parece entregado, dispuesto, decidido a soportar toda la carga de iniquidad que la casta política le obliga a llevar sobre sus espaldas.
En el punto álgido su enfermedad, la gente común, aquella sobre la que se asienta todo el poder de los estados y de los gobiernos, parece inclinarse a admirar a los políticos corruptos, parece incluso envidiarlos, deslumbrada por la magnitud de sus ganancias, por el descaro de su riqueza y la dimensión de su poder. Entonces, febril como un enfermo incurable, los vota de nuevo, los defiende de los tímidos intentos del estado por poner coto a sus iniquidades y, finalmente, se deja gobernar de nuevo con resignación, pasivamente, por los mismos hombres que no sólo la engañan sin el más mínimo pudor, sino que la despojan, poco a poco, de todo ápice de dignidad.
No es fácil comprender la razón por la que esto sucede. Sin embargo, si cualquiera de nosotros estudia con calma los datos cotidianos, habla con la gente sobre los sucesos que caracterizan su vida diaria, y observa la pasión con que casi todo el pueblo vuelca sus afectos y frustraciones en las actividades privadas, comprueba rápidamente cómo la capacidad crítica ha sido completamente desactivada por un poder que fomenta, complacido, unos espectáculos públicos masivos basados en la más vergonzosa forma.
También es relativamente fácil constatar que la mayor parte de las personas valiosas, íntegras, capaces y sabias huye de la política como de una enfermedad incurable. Si cualquiera de nosotros reflexiona un momento e intenta interpretar los síntomas que nos permiten identificar la enfermedad que parece haber hecho presa en nuestra sociedad, es muy posible que llegue a esta conclusión: la enfermedad no es desencanto, ni resignación ni pesimismo. La ascensión de los políticos corruptos, su permanencia en el poder, su inmunidad, están basadas en una enfermedad menos perceptible, pero mucho más grave: la estupidez.
Por eso la clase política cultiva con mimo el terreno sobre el que crece la droga de la estupidez.

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