Pepo era joven, era lindo, tenía buen cuerpo y una buena herramienta. Todas estas cosas le daban poder en el ambiente LGBT. Pero tenía una combinación de cualidades peligrosas, era arrogante e ignorante.

Creía saber lo que debía saber, pero a la vez no sabía nada. Así que tomaba decisiones equivocadas pero él juraba que era una jodienda.  Su madre lo crió de una manera muy particular. Lo mimó, le concedía muchos caprichos, lo hacía sentir que era especial, hasta que no hacía lo que ella quería; entonces lo trataba como mierda y le hacía sentir que no era nadie sin ella.
Por esto se crió inseguro y ansioso.  Su cara pública era de un joven hábil, desenvuelto, pero en su intimidad tenía constantes dudas sobre sí mismo y sí realmente valía.
Uno de su mayores problemas era que constantemente confundía lo que era fantasía con lo que era realidad. La realidad le divertía, por algún tiempo, pero siempre terminaba aburriéndole. “Es que la realidad se repite mucho”, decía. “Pero la fantasía siempre es nueva, siempre más atractiva”, creía. Creaba fantasías en su cabeza, historias de hombres fabulosos y terminaba creyéndoselas. Cada nuevo tipo que conocía era perfecto, hasta que le conocía bien, entonces le alcanzaba la realidad, se desencantaba y salía a buscar una nueva fantasía. Solo perduraba aquel a quien nunca conoció por completo. Aquel que solo fue una aventura corta. Ese nunca llego a ser real por tanto validaba la fantasía de que sí ese hombre especial casi perfecto existía, solo era asunto de buscar y llegaría; así que siguió buscando.
Pepo descubrió que prefería estar con otro hombre temprano en su vida. Se orientó al placer. Descubrió que podía contactar otros hombres por internet y obtener placer inmediato, fácil, sin compromisos ni líos; ¿Que mejor? Placer sin consecuencias, sin complicaciones. Se dejó envolver por el placer inmediato y compartió con todo el que pudo. El placer inmediato se convirtió en su actividad predilecta. En las noches se conectaba a internet y contactaba a otros hombres con quienes coordinaba encuentros rápidos de sexo. La pasaba bien, disfrutaba.
Confrontó varios problemas pero ninguno tan complicado que no pudiese resolverlo hablando un poco, después de todo era hábil con la palabra. Eso le dio confianza en sí mismo y la sensación de que podía hacer lo que le viniera en gana sin mayores consecuencias.

Descubrió el poder de la mentira. Aprendió que podía hacer lo que quisiera y después decir lo que se le antojara y más o menos casi siempre salir bien. Las veces que no podía salir tan bien ponía cara de nene triste y confundido, y la gente con pena lo perdonaba. Comenzó a mentir hasta por cosas insignificantes. Comenzó a perderse en sus propias mentiras. No notó que el mismo se mentía, que podía engañar a algunos de sus amigos pero no a todos; y poco a poco fueron poniendo distancia de él.
Como la fantasía y el placer no tienen límites, comenzó a jugar con los límites, hasta donde podía llegar, qué más podía hacer. Como no tenía claro que quería, lo inmediato definió su vida. Comenzó a querer más y más fuerte cada vez.  Ya no era tan importante el significado o el contenido; no había proyecto. Lo que era importante era la intensidad y la fuerza de la experiencia inmediata. Que le marcara, que le dejara huella física. Mientras más intensa mejor. Mientras más fuerte mejor. No sabía que la intensidad y la fuerza son subjetivas y que por tanto tampoco tienen límites. Si antes lo máximo era 10, cuando consiguió 10, quiso 20. Al llegar a 20, quiso 30. Su vida se convirtió en un espiral donde nada le saciaba. Cada fantasía realizada abría posibilidad a otras tantas nuevas fantasías más fuertes y más intensas. Realmente en su alma no había maldad, buscaba honestamente algo que le llenara. Pero bebía de la fuente equivocada.
En el proceso se perdió la conciencia, se perdió la meta, ya era el cuerpo quien mandaba. Puro instinto, puro deseo que nunca lograba saciarse por completo. No importa lo que hiciese siempre quería más. Cayó en campos oscuros de gente oscura. Cayó seducido por promesas de placer, de más placer, cada vez más intenso, cada vez más. Perdió el control de lo que hacía. Fueron otros quienes tomaron decisiones sobre su vida con promesas de placer. Otros decidieron lo que debía hacer y se dejó usar siempre buscando más placer; siempre más. Dejo de ser persona y se convirtió en un objeto.
Cuando despertó de este sopor su cuerpo estaba marcado por fuera y marcado por dentro. Tenía marcas en su piel y su vida había sido marcada. Importantes decisiones sobre qué hacer y qué no hacer fueron tomadas por otros y ya no había marcha atrás.
Cuando vino a abrir los ojos su cuerpo estaba comprometido. Se contagio con cosas de las cuales no podía librarse. Cosas que cambiaban su vida por completo, su futuro, sus probabilidades de vida. Su vida había cambiado para siempre, ya no había regreso.
Deseo no haber llegado a este extremo pero en lugar de corregirse, su impulsividad lo llevo a reafirmarse en no pensar, “total ya para que”, y se hundió más, maltratando aún más su cuerpo y limitando aún más sus posibilidades y su futuro.
De repente la vida le pegó con fuerza. La vida le alcanzo con eventos que no podían ser negados. Cuando al fin se dio cuenta de donde estaba intentó corregir algunos de sus errores. Algunos podían ser borrados. Pero otras cosas ya no tenían remedió.
Pepo crió una bestia. La bestia vive en él, intenta luchar contra ella cada día. En el pasado dejó que la bestia decidiera por él. Trata ahora de ser más humano. Sigue gustando de la intensidad, ese es el, pero intenta balancearla, no hacerse más daño. Para Pepo, no ha sido mala la vida, tampoco ha sido mala la gente; y él mismo no ha sido malo, pero él ha sido su peor enemigo.

Se supone que cada cual decide cómo quiere vivir. O al menos eso queremos creer. Pero hay gente que nunca deciden realmente porque viven toda su vida confundiendo lo que es fantasía y lo que es real.

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