por: Yolanda Arroyo Pizarro

Yolanda Arroyo Pizarro nos presenta las perspectivas y realidades que comparten las mujeres lesbianas de nuestro mundo. Sus alegrías, tristezas, momentos de júbilo y los trapos que “solo se lavan en casa” serán traídos a la luz aquí. Todo quedará claro y explicado en Planeta Lesbos.
Valgan las verdes por las maduras, decía siempre Petronila la negra, mi madre-abuela. Y se refería a que la vida en ocasiones nos hace experimentar momentos positivos y otros no tanto que al final, si corremos con suerte, deben ofrecernos un balance con saldo a favor, y no en contra.  Las inocuas y buenas situaciones que nos acontecen son las maduras.  Maduritas como un fruto jugoso y pulposo.  Como la parcha de mi adolescencia en el barrio, la que llevaba a mi boca para practicar un buen beso en otros posibles labios. Las verdes pues, eran los pesados momentos que te hacen remilgar de la parodia constante de vivir: malos tratos, mal timming, malas decisiones.  En menos de veinticuatro horas he experimentado maduras y verdes a tutiplén.
Resulta que anoche, sábado 25 de febrero de 2012, se llevó a cabo la entrega de los premios del Certamen de Poesía de la novel entidad puertorriqueña Casa de los Poetas. Para mi buena estrella fue seleccionado mi poema Inocencia es besar a Panamá como Segundo Premio.  Lo bueno de la noche fue que el Primer y Tercer premio les correspondió a grandes, grandes amigas: Ana María Fuster y Magaly Quiñones, respectivamente. Además, estuvo mucho mejor  el hecho de que estuve rodeada de grandes amigos, grandes gestores, poetas que respeto y admiro que ganaron menciones honoríficas.  Son gente valiosa que constantemente están haciendo grandes aportaciones de cultura al país: Javier Febo, Patricia Schaefer, Cindy Jiménez, Lynette Pérez, JJ Jiménez, Alejandro Álvarez, Marioantonio Rosa y Nancy Debs entre otros. En el público también se encontraban talentosos conspiradores: José H. Cáez, Maldes Javier, Carlos Cana, Nesty Delgado, Beatriz Santiago Ibarra, Elsita Tió, y hasta el pequeño Miguel el portero, admirado hijo de la Fuster. 
Cuando subí a recibir mi premio y a declamar el poema laureado, lo dediqué a mi amantísima esposa Zulma ante un Salón de Actos en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe repleto de personas hasta la última fila. Había una mezcla generacional totalmente heterogénea, personas de todas partes de la Isla que habían viajado 3 horas o más para ir a congregarse a celebrar la libertad que da la poesía.  Esa misma libertad me hizo sentir que Puerto Rico vive un nuevo espacio de mayores libertades en pro de los derechos igualitarios.  Ello me brindó el valor para declarar mi amor, frente a todos, a la mujer que comparte mi existencia hace ya varios años. Fue esa protección de sentirme segura entre gente educada, capaz de entender mis sentimientos, capaz de aceptar que el amor es amor en todas sus acepciones, lo que me permitió dedicar la noche a mi compañera de vida.  El público se derramó en un sonoro, profuso y prolongado aplauso que se extendió por milenios enteros y que aseguró que vivimos mejores tiempos. Me puse a temblar y se me aguaron los ojos de tanta solidaridad experimentada.
Esa fue mi madura.
Ahora, la verde.
Hoy fuimos Zulma y yo a Piñones, a recompensar el cuerpo con grasas culinarias en celebración de una semana candente a nivel laboral. Llegamos a un famoso kiosco en donde se hacen larguísimas filas para esperar el manjar de dioses que allí se cocina.  La playa nos quedaba al cruzar la calle, las palmeras se movían con el viento, y la luna creciente se veía de día, en todo su esplendor, a mitad de cielo. Pedimos alcapurrias, arepas, vasos de pulpo, tequila y agua de coco.
Los cuatro comensales de la mesa de enfrente, dos hombres y dos mujeres, notarían que éramos pareja.  Estábamos tomadas de la mano, según tenemos por costumbre. En voz alta, luego de que nos tomaran la orden, uno de los varones comentó sobre “la pata aquella que trató de enamorar a su mujer en una ocasión”.  “Su mujer”, que se hallaba en la mesa, asintió de cuello y boca, haciendo énfasis en lo feliz que se había sentido de que le cantaron las verdades en la cara “a la pata aquella”. Todos rieron.
Zulma y yo nos miramos.
Mi mujer entonces exclamó, también en voz audible para todos: “Que comentarios tan homofóbicos”. Yo asentí de cuello y boca. Hubo un incómodo silencio. Y acto seguido, Zulma añadió: “¡Qué mal gusto ha debido tener aquella lesbiana para intentar coquetear con semejante fealdad!”.
Hubo risas.  Nuestras y de otros allí.  Zulma y yo nos miramos y esperamos lo peor: una invitación a la pelea, una mandá pa’ buen sitio, no sé.  Cualquier cosa. La realidad es que nada sucedió.  Trajeron nuestra orden.  Una pareja desconocida nos invitó a sentarnos con ellos, comimos, nos despedimos y Piñones quedó atrás, en el espejo retrovisor de las verdes, que estoy segura, no valen tanto como las maduras.

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