Por Felix Figueroa

El existencialismo se vuelve realidad con Félix Figueroa. Lea ensayos que lo pondrán en duda o en perspectiva sobre los elementos que tiene la vida para engatusarnos y hacernos mejor o peor persona. Sus trabajos, en su mayoría desde la primera persona, llevarán al lector a cuestionamiento de su propia existencia. Felix Figueroa nos presenta: Desde el otro lado 

Hoy, mientras me preparaba frente al espejo para esta ceremonia, tuve una visión. Verán, pensaba llegar aquí con un discurso lleno de optimismo; un discurso que hablara sobre cómo estos diplomas nos ayudarían a cambiar el mundo. Me mire en el espejo y observé mis pupilas llenas de cinismo. En ese preciso momento comprendí que mis palabras carecían de verdad, carecían de mí.

Pensé en el momento en que me gradué de escuela superior. Hace cuatro años que soñaba con que este día llegara, el día que cambiaría el resto de mi vida. Pero no será así. Ya me ha pasado antes. Mañana me despertaré y todo seguirá igual. No habrán cesado las guerras, ni la violencia, ni el discrimen, ni el hambre. Seré la misma persona, solo 24 horas más viejo. Me miraré en el espejo, nuevamente, y me sentiré tan perdido como aquel día hace cuatro años atrás: siempre esperando, planeando, ese día que llegará a cambiar para siempre mi vida.

Mañana comenzará un nuevo capítulo en nuestras vidas; pero no será muy diferente al que hoy concluye, ni al que cerramos cuatro años atrás. Lucharemos por encontrar nuestro lugar en el campo laboral. Pasarán treinta años esperando el retiro. Llegará el retiro. Sus hijos y nietos probablemente se hayan ido al extranjero. Esperarán entonces ese momento, ese día de Navidad o Noche Buena, en que vuelva a cobrar sentido su existencia bajo los brazos de sus amados. Esperarán luego 365 días por ser felices nuevamente.

Me di cuenta entonces que nos la pasamos viviendo entre lamentos y anhelos, entre el pasado y el futuro, pero nunca en el presente. Me pregunté qué valor tiene este pedazo de papel que estamos a punto de recibir, o esta toga, o este pretencioso salón. La contestación es obvia: ninguno. No tiene valor el prestigio, ni el orgullo, ni el estatus, y mucho menos el reconocimiento.

Cuando reciban ese pedazo de papel quiero que sientan nada; yo quiero sentir nada.
No quiero sentir algo vinculado al camino que recorrí, ni al que estoy por recorrer. No quiero seguir viviendo en tiempos ajenos al presente, ajenos a estos momentos en los que le hablo a mis compañeros, y los miro a los ojos diciéndoles que son ustedes los que valen la pena. El momento en que uso el pretexto de este discurso para apreciar mi presente, que son ustedes, mis cómplices, mis maestros y mi base. Aprecien quienes son, aprecien lo que viven y, más importante aún, aprecien lo que son los demás. Solo así seremos felices.

El valor de la vida no yace en alcanzar metas. Nuevas metas nos trazaremos siempre tras alcanzarlas. Es nuestra naturaleza humana. El valor de la vida está escondido en cada paso que damos camino a ellas.

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