La Princesa Borbón, era de origen gallego. Llegó a Buenos Aires en 1899. Se cuenta que era tan hermosa que en Santiago de Chile un joven se suicido por ella.

Trabajó como bailarina en Moulin Rouge, de Río de Janeiro. Se presentó en el congreso nacional de Paraguay, solicitando una pensión como viuda de un guerrero. Llegó a acumular gran fortuna de la cual vivió en sus años de vejez. Pero su nombre real era Luís Fernández.

La Princesa de Borbón, fue parte de un grupo de hombres que se vestían de mujer a principio del siglo 20 en Bueno Aires y otros países de Sur America. Pero no lo hacía por el puro placer de asumir el personaje femenino, su intención era estafar, robar a los incautos que caían en sus garras. Se les llamo Los Ladrones Travestis y se les reconocía como conocedores de la calle. Cuando aparecía algún agente, se subían a un carruaje de algún cómplice, daban la vuelta a la cuadra para luego alejarse en los tranvías eléctricos inaugurados en 1897.

Se les describían como finos y cultos, adoraban la música, la poesía, las flores y la costura. Cuando se les detenía, “lloraban como niñas” y, entre llantos, declaraban trabajar de peinador de damas. Se dice que en verdad conformaban una auténtica unión que se protegía mutuamente, formando sociedades y organizando bailes en burdeles a los que también acudían algunos “niños bien” deseosos de nuevas experiencias, y donde los miembros de la banda se adjudicaban sobrenombres “melodiosos y románticos”.

Así se cambiaban de  Julio Jiménez a “La brisa de primavera”; de Jesús Campos a “La reina de la gracia”; de Francisco Torres, a  “La Venus”; y de Saverio Romano, a “La sirena”. Pero había casos más extraños, por ejemplo, Angel Cessani, que de día era jefe de cuadrilla y por las noches atendía una sala de baile con el sugerente apodo de “La choricera”.

Sus presas favoritas eran los forasteros y los hacendados. El nombre genérico para denominar a la víctima era “gil” o “vichenzo”, aunque eso variaba según el estrato social. Si era un obrero, lo llamaban “chongo”, y si tenía aspecto distinguido, “bacán a la gurda” o “bacanazo”. A la billetera le decían “música”; a los pesos, “gabrieles”; a la cadena, “marroca”; al alfiler de corbata, “farfalla”; al reloj, “bobo”; y si era de oro, “bobo de polenta”.

La Princesa de Borbón, o Luis Fernández, fue el más popular de estos personajes. Era alto, de suaves rasgos, voz aflautada y grandes ojos. Solía usar un sombrero negro adornado con una enorme pluma. Utilizaba buen calzado con medía negra con detalles calados. Fernández fue detenido no menos de 22 veces. La primera, en 1907, cuando sólo tenía 18 años. En una de esas oportunidades, explicó: “Frente a una mujer, el hombre se vuelve hipócrita. Pues bien, lo que yo hago no es nada más que el fruto del conocimiento que tengo de mí mismo. La naturaleza me ha dotado de características físicas femeninas. Me dio una cara hermosa, unos ojos insinuantes, una voz dulce. Tengan ustedes la seguridad que de cien víctimas mías, sólo dos o tres se animarán a delatarme. Además de hipócrita, el hombre es orgulloso. El delatarme sería confesar que se ha equivocado. Nosotros, los hombres, tememos al ridículo en materia de amor más que a ningún otro. Y lo que yo hago es precisamente eso, burlarme del amor. Pero lo hago tomando, naturalmente, precauciones. Porque, de lo contrario, la víctima llegaría a ser yo. Y no del amor, sino de un balazo”.

Si bien su actividad se centró en Buenos Aires, otros lugares de Sudamérica también fueron testigos de sus aventuras. En Lima se hizo pasar por la hija de un millonario mexicano, hospedándose en un lujoso hotel, junto a otro travesti que le servía de ayudante: “La bella Otero”. De allí voló a Chile donde enamoró a un joven aristócrata, quien al enterarse de su real identidad no soportó las burlas y se suicidó. Y como broche, se mostró en el Club Social de la ciudad uruguaya de Rivera nada menos que de la mano del comisario. Adquirió también cierta fama como bailarina de importantes cafés en Montevideo, Santiago de Chile y Río de Janeiro. Ya retirado, Fernández pasó apaciblemente el resto de su existencia en Buenos Aires, merced a la buena administración de los ahorros acumulados en su ajetreada juventud.

Si bien la Princesa de Borbón fue la más conocida se habla también de el negro Antonio Gutiérrez Pombo, conocido como “La rubia Petronila”, cuya especialidad eran los velorios, donde iba vestido de luto con el falso pretexto de haber asistido al difunto para así abrazar a los deudos y robarles sus billeteras, prendedores y aros. Se habla también de José Rodríguez González, apodado “La Morosini”, quien aprovechaba su trabajo de corista en un teatro nacional para robar en los camarines. Juan Montes, “La bella Noé”, se decía viuda de un coronel y desvalijaba a todo quien le ofrecía consuelo. Otros, en cambio, trabajaban en tranvías y trenes, donde robaban a pasajeros dormidos, hecho al que llamaban “tirarse al portrione”.

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