Los sectores políticos y religiosos conservadores que se oponen a los derechos LGBT recurren, consistentemente, al argumento de que la familia tradicional es la base de la sociedad y que estos derechos ponen en riesgo la misma.


El papa Benedicto XVI ha utilizado recientemente este argumento al señalar, el matrimonio homosexual es una de las amenazas más graves contra la familia tradicional y socava el porvenir mismo de la humanidad”. Comentarios que rayan en la histeria, pero que evidencian cuanta importancia se le otorga a la familia tradicional.

Cuando se habla de la familia tradicional se hace referencia a la unidad formada por un hombre, una mujer e hijos. En nuestro estado actual viene ciertamente a ser la unidad básica de la sociedad. Constituye el primer instrumento que posee el estado para la socialización de los sujetos. Allí se supone que se aprenda por primera ves lo que es “bueno” y “malo”, y a respetar la autoridad; por esto es tan importante para el estado. Pero de igual manera es donde pueden ocurrir las primeras experiencias de maltrato, abuso, rechazo y abandono. Entendemos, por tanto, que la “familia tradicional” y  su aportación son sobre valoradas y sobre estimadas.
No todas las familias tradicionales son saludables y muchas se constituyen como la plataforma principal para el lanzamiento de sujetos enfermos. De hecho, hay modelos teóricos que proponen que la familia es la principal fuente de desordenes mentales por los mensajes contradictorios  y las experiencias de maltrato y abuso que allí se pueden vivir.
Para muchas personas LGBT la familia tradicional viene a ser la primera experiencia de rechazo, maltrato y su primera experiencia de enfrentamiento con la homofobia. Hay múltiples historias de hijos e hijas rechazadas, burladas, maltratadas física y emocionalmente, para finalmente ser expulsadas de sus hogares y abandonadas por ser “diferentes”. De tal modo la “familia tradicional” no constituye una experiencia agradable ni deseable para much@s.
Curiosamente las personas LGBT que luchan por los derechos para formar uniones civiles y adoptar y criar hijos propios lo hacen como resultado de un proceso de reflexión del cual obtienen la energía para enfrentar un sistema que les niega. A diferencia de las personas heterosexuales que entran en uniones y forman familias sin mucha reflexión, sin ni siquiera pensarlo, simplemente porque “se supone que es lo que hagan”.
Pero no toda experiencia familiar tiene que ser desagradable. La familia puede ser necesaria y buena, pero no tiene que ser una tradicional. Estudios han demostrado que los hijos de familias no tradicionales son tan saludables como los de familias tradicionales. El problema es que se ha sacralizado a la familia tradicional y demonizado a las no tradicionales; y ni la primera es tan buena ni la segunda tan mala.
Desgraciadamente son intereses políticos, ansias de poder, lo que en muchas ocasiones subyace a la discusión del asunto y han distorsionado los datos parcializando las opiniones. La familia, una familia de verdad, no debe ser definida por el sexo de sus constituyentes. La familia no es buena o mala por el sexo de quienes la forman, ni debe ser definida por esto. La familia y su calidad debe ser definida por el amor, el respeto y la capacidad de apoyarse y ayudarse.

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